Autocensura

Hoy me siento triste porque debo dejar de postear artículos relacionados con la crianza respetada en Facebook.  Una persona de mi familia se sintió agredida por algún artículo que exponía una idea que ella apoya. Me parte el corazón que se haya sentido ofendida, pues mi intención jamás fue herirla, sin embargo, tiene razón. No la tomé en cuenta. Creí que podía ayudar a hacer contrapeso de tantas ideas, historias e imágenes negativas que andan rondando. Siempre me he pensado como factor de cambio. Es algo interno, una necesidad. Lo bueno es que a partir de que ella se molesta, me doy cuenta que en realidad esa red social no es el mejor medio para volcar mis inquietudes e interés sobre crianza, lactancia, parto, cesárea, embarazo, ecología, huerto urbano, arte… Y que el medio adecuado, es éste.

Así que sean bienvenid@s. Me apasiona investigar, contrastar la información, llegar a puntos medios. Me encantará recibir opiniones, soy fan de un “guilty pleasure”: responder preguntas en yahoo. Eso a raíz de sentir y ver cuánta mala información anda rolando por allí… en los consultorios de los médicos, entre gente común y corriente, en los medios de comunicación, en las escuelas…He investigado sobre cada síntoma de mi embarazo en internet. Creo que cada síntoma físico es resultado de una impresión emocional y de su correspondiente en ideas. Mi enfoque estará aderezado con mi manera visual y abstracta – a veces-, de ver la vida. En secreto me creo vidente, creo en Jesucristo porque mi corazón me lo pide, pero puedo ver otras creencias con respeto.

Escribiré sobre mi experiencia en embarazo consciente,  el trauma de la “innecesárea”, lactancia, crianza con apego o respetada y cualquier otro tema relacionado con mi nuevo CORAZÓN MATERNO.

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Un año desde que nos despedimos, querida Iza.

Mi vida ha sido muy diferente, preciosa. Sólo tú sabes bien nuestra delicada y contradictoria historia; se trata de la relación entre tú y yo solamente. Por fin apenas logro comprenderlo y comenzar a vivir desde ese enfoque. Eres quien yo percibo que eres para los demás. Quien yo les platico. Y sabes? Ahora veo con claridad. Las lágrimas, la culpa, la verguenza, la ira, el miedo, la desesperación… Ya no me nublan la vista, al menos hoy no. Me sacudí los comentarios ajenos porque eran tantos, que no podía cargarlos. Porque pesaban y me deformaban el cuerpo; el alma.

Ahora, querida hijita, eres mi público imaginario y mi esperanza de vivir hasta el último aliento, sabiendo que del otro lado mi vida comenzará de nuevo.

Una noche del 2012 tuve un sueño. En un susurro, un Ser me dijo que llegaría a mi vida Zabdiel. Creí que se trataba de un hijo, estuve contenta e ilusionada. Pasaron dos, tres meses y nada. Pasaron seis y me encontré con el “positivo” en el blanco y negro de la hoja de laboratorio que me dio tanta alegría. Mi vida de nuevo comenzaba a transformarse de forma rotunda. Otra vez me subiría en la rueda de la vida para co-crear. Fue entonces cuando la rueda dio la vuelta completa, que mi corazón se detuvo por un segundo extra, un mareo… el anuncio del médico: una niña. Me sobrepuse y fui feliz, lo sabes. Continuó tu crecimiento, los raros y diminutos accidentes de vida, los mensajes de tocar el borde del vestido, de tres elementos de los cuales sólo uno se iría… Un cambio de casa, otro, otro. Una caja más, una casa menos, un viaje más, un médico menos, uno más, mil posibilidades y ninguna viable.

Ese día, el más oscuro de mi vida, caminé en terreno de muerte. Un ser de luz me acompañó siempre, de mi lado derecho, a mi espalda, me susurraba: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, pues Tú estarás conmigo”, una y otra vez… hasta que luego de varias horas de sensaciones dentro del torbellino, bajé a esa tierra inerte, vacía más que cualquier desierto y al mismo tiempo sobrepoblada de seres cercenados, deformes por sus actos, algunos sin cabello, otros sin piernas, todos en fiesta no parecían notarme ni darse cuenta de su propio estado.
Uno de ellos, se me acercó, se reía de mí o conmigo, cantaba: “Iza María ¡se fue! Dejando el sol en la playa…qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer si Iza María se fue”. Todos cantaban y brindaban, bailaban y coreaban. En un punto me unía, luego preguntaba dónde estabas, si alguien te había visto, pero nadie me quería ayudar.
Comencé a cantar eso en una especie de trance. De pronto desperté y noté que aún no estabas cerca. No te sentía cerca pero sabía que estaba más avanzada en el proceso. Me reí al tiempo que me decía: “Cuando nazca y sea grande, le contaré esto, le va a dar risa. Nunca le pondría María.”

Cuando saliste de mí, te bendije, bendije tu estancia en mi cuerpo, tu paso a esta otra vida, tu cuerpo, tu Ser. Te di el último gran beso, sentí la tirantez del cordón, vi tu mano sin fuerza, el cordón blanco y flácido… comprendí pero no entendí. Todo se detuvo o quise que lo hiciera. Mi espíritu daba alaridos de dolor e ira. Estaba quieta, muy estirada, los ojos cerrados, ninguna expresión en mi rostro. Pero por dentro, había explotado en mil pedazos que lentamente se expandían en el Universo. Gritaba y rugía con toda mi energía vital. Estuve así muchos millones de años espirituales, hasta que un ángel llegó por detrás mío, a mi izquierda. Se arrodilló y comenzó a susurrar algo que sólo mi espíritu lograba comprender. Hablaba muy rápida y armoniosamente, era una música imperceptible, una vibración que calmaba mi cuerpo, mi mente, mi alma. Me regresó a esta experiencia, me reconstruyó. Entonces, hizo pasar mi vida delante de mis ojos; vi las situaciones más amargas, las de soledad sin poder apartar la vista. Las veces que injustamente creí lo peor de mí misma, todas las acciones bondadosas y hermosas que he realizado y que ya había olvidado. Me vi siendo formada desde ser un pequeño embrión; sentí la eterna gratitud y aprecio hacia quienes estaban permitiendo mi existencia. Vi mi trabajo de debajo del río, vi sus frutos. Me alegré profundamente. Supe que la vida no es sólo la experiencia tangible desde acá, donde te escribo. Supe que regresarías de otras maneras, sin tiempo y en muchas formas o en ninguna. Sentí el ser polvo, sentí la unidad con el todo, la profunda gratitud de haber sido creada, de existir como en un rompecabezas infinito. Viví en el viento, en los seres vivos, corrí inocente como cualquier animal. Nadé como pez, formé parte de las rocas… me convertí en mí misma con las piernas muy abiertas en una sala de hospital, una mujer cosiendo mi carne y diez personas preguntándome muchos datos abstractos. Quería responder “¡cubo amarillo sobre línea de horizonte negra y atmósfera brumosa en blanco y azul claro!”. Pero respondía: Treinta y tres, sí, no, diez, una, sí tres y medio, sí, todas, no, no sabía, sí…

Esa noche pasó a veces rápida y otras lenta. El reloj iba y venía sin rumbo, como mis pensamientos. Cuando oía el llanto de los bebés recién nacidos, lloraba hasta dejar de oír. No sé si dormía o qué. Veía unos hermosos patrones geométricos en la pared, se movían lento, bailaban unos rombos amarillos y blancos, giraban. Me quedaba dormida mirándolos. La cuna transparente con mi maleta negra adentro era una majadería dicha en voz alta por una marchanta inmensa y sucia desde el otro lado de un mercado muy concurrido. Me avergonzaba públicamente en la pequeña pieza blanca y solitaria. Se materializaba en la forma de una doctora muy elegante, subida en unos tacones altísimos que se me acercaba haciendo mucho ruido y con cubrebocas y guante, me hacía sentir la más ruin y sucia de las mujeres sin hijo. Levantaba mi bata para mirar la sangre. Otras veces se convertía en una enfermera de voz cálida o de voz áspera, o en una persona que sólo quería saber quién me había pegado. Yo sólo atinaba a llorar. Era demasiada su falta de tacto y su imbecilidad enorme como para no saber que nadie me pegaba, que jamás dejaría que nadie lo hiciera. Y la impotencia de mirarme desde sus palabras, desde su mirada y saber que creían que se trataba de “otra pobre mujercita”, de ésas que son tan ignorantes de sí mismas, de su cuerpo, de su vida y tan limitaditas intelectualmente, que… no pueden…

Y luego mirarte, mi hermosa. O mirar tu cascarón vacío, me dio asco; repugnancia que ya no estuvieras. Quería llevarte a la montaña y dejar tu cuerpo allí, que formaras parte de lo último que viviste conmigo. O ponerte en la composta y que regresaras al ciclo de vida, a ser parte de una flor, de unos jitomates… Las reglas de esta sociedad que tanto me desespera, fueron grandísimas, infranqueables.

Un día de ésos que necesitaba dormir mucho, te vi con unas alas, con todo y que no creo que te hayas convertido en ángel… Volaste, me regalaste esas tres violetas que lejos de ser un regalo para siempre, me siguen demostrando cómo no estaba en mis manos tu vida, cómo es de escurridiza e impredecible. Gracias mi bella, eres un hermoso ser de luz, gracias por darme tu vida para que yo sanara en tantas áreas. Gracias pequeña Iza por querer que estuviéramos contentos, gracias por ser tan valiente y cumplir tu misión. Gracias por haber estado en mí. Gracias por confrontarme a tantas situaciones, gracias por ayudarme a superar los demás duelos. Gracias por ayudarme a decidir, gracias porque a un año, estamos más contentos, apreciamos más, amamos más, jugamos menos con la vida y más en ella. Creemos más firmemente en Dios y en su amor y protección, nos creemos menos especiales, damos de corazón, gracias; nos transformaste.

Nos veremos mi pequeña. Por lo pronto, veo tu luz en la esencia de cada expresión viviente que ahora para mí, brilla como el sol.

No busco consuelo, lo encuentro.

Ayer fui a terapia por primera vez desde que Iza murió físicamente en mí, se fue, nos dejó, me despedí, o quizá nunca estuvo… Me cuesta trabajo decidir cómo decirlo. Me juzgo cansina en mi insistencia de escribir del tema. Me fastidia que parezca algo que nunca pasa, que la gente se horrorice. Quisiera platicarles cosas perversas y realmente horrorosas para que no hagan esa cara de espanto cuando les hablo de mi bebé fallecida. Y a veces no. A veces sí deseo hacerlos sentir mal. Supongo que esas actitudes vienen del enojo y sensación de injusticia…culturalmente aprendidas.

Pido disculpas públicas y espero comprensión. Porque yo estaba muy bien, pasando suave o abruptamente de una a otra etapa del duelo (las referidas por la psiquiatra Elizabeth Kubbler-Ross cuya obra no me canso de recomendar), sintiéndome acompañada por seres de luz, por presencia divina, por mi bebita revoloteando alrededor de mi familia. Mi hija un día vio un bebé a través de la ventana, gritó de emoción que era su hermanita bebé… Al poco tiempo, comenzaron a llegar muchos bellos insectos a hacerme compañía: libélulas bebés, verdes, azules, escarabajos verdes, colibríes que varias veces se quedaron frente a mí, como si me miraran a los ojos, mariposas que se me paraban encima… Los bebés y niños pequeños comenzaron a sonreírme sin siquiera yo hacer nada por obtener su simpatía; miraban hacia arriba de mi cabeza. Era o sigue siendo muy bello eso. A veces me dan ganas de llorar y siento que todos pueden ver a esa hermosa bebé arriba de mí, todos excepto yo que me quedé con los brazos vacios, doloridos por su levedad.

Y lo que quiero no es que nadie me rescate del dolor. No quiero que me hagan no sentir. Sólo deseo interiorizar, tocar mi alma, encontrar la fuente de vida, a Di.s y saber cuando sea tiempo de correr colina abajo, ya transformada en una mujer salvaje completa, tal como vengo soñándolo y trabajándolo desde hace diez años. Integrando la vivencia de la muerte para bien de mí misma y de quienes me rodean, para hacer frente a la cultura hedonista y miedosa. No “soy” fuerte, ni “soy” débil. Estoy nutriéndome de fortaleza mientras camino por el camino que me ha debilitado. Mientras tanto, duele y es así.

Los bebés a veces se mueren también, como los insectos, como los ancianos, como los sueños.

Escucho una y otra vez la única canción que como remedio para el estreñimiento, me hace sacar todo lo que traigo atorado. No sé si mi forma de expresar las emociones siempre ha sido así y por eso el arte ha sido vital en mi vida… no importa. Quiero escribir algo y que mucha gente lea que muy a pesar de los miedos de todas las personas del planeta y los deseos de todos los que pisamos La Tierra, y lo que nos esforcemos por atraer, desear, pensar, rezar, cancelar, tener la intención, bajar la energía, pedir a Dios…

La muerte perinatal existe.

La muerte existe.

La muerte no es real.

 

 

Relactar durante el duelo.

“¡Sí! ¡Hay lechitaaa!” Fue lo que mi hija gritó emocionada. Me sorprendió su enérgica alegría cuando todo era denso a mi alrededor. No había bebé para amamantar o cargar o mimar, pero sí había una niñita feliz de recuperar su leche tras nueve largos meses.

En el hospital el trato fue violento, como antes, como siempre. Casi me hacen la maniobra de Kristeller para “ayudarme” a parir. Me sentí partida en dos, esta vez en diagonal. Humillada como un pavo desplumado en vísperas de Navidad. Mi hija Iza se fue al cielo, a otra dimensión, a otra realidad, al espacio inmaterial.

Los médicos me indicaron comprar un medicamento para inhibir la producción de leche y ponerme unos vendajes apretados. Vagamente la enfermera me explicó cómo hacerlo. Y fingí entender, aunque en ese momento aún veía escenas de mi vida pasada y todo era una retícula de figuras geométricas, la realidad estilo La Matrix y cualquier cantidad de películas de ficción que jamas vi, eran mi todo en ese momento. Escuchaba a veces cerca y otras lejos, a un profesor dando clase a sus alumnos, futuros médicos en ese mismo hospital. En la mesa una charola donde aún estaban los tres vasos de unicel: gelatina, avena y leche. Todo procesado o muy dulce o muy insípido. Y al lado casi detrás mío, una caja de acrílico vacía de vida, sólo con una maleta negrísima, tal como el hoyo emocional que me cruzaba desde la cabeza hasta los pies.

Decidí no hacer cesar la leche. Decidí ofrecer nuevamente ese alimento a mi hija mayor. Y ella lo recibió encantada. El primer día, emocionada, me comentó: “¡la lechita sabe a mar! En la arena, el agua me cae en la cara y sabe a mar.”Inevitable hacerme fantasías de suero y resurrección, de errores, de ir a escarbar la tierra y romper la pared de cemento y… llueve, es verano. Yo sólo tengo una niña conmigo, la otra no.

El segundo día de relactancia, mientras miraba por la ventana las nubes: “la lechita sale como nubes bien blancas” Y perdió la mirada en el cielo. Silencio. Una herida física de recuerdo, mi único souvenir de ese tan anhelado  parto después de cesárea. Y las sonrisas de esa alma alegre que amo tanto, asida a mi pecho.

El tercer día a las tres de la tarde, justo como en ese dibujo que nunca antes supe de dónde salió o qué vaticinaba, a las tres de la tarde: “Sour hour”. Unos queridos amigos nos acompañaron al peor lugar que conocería: el panteón infantil, con una musiquita que sonaba muy mal y me sabía a burla, verguenza y culpa. A no poderlo creer, a no saber qué pasaría después. Si es que habría un después.

El cuarto día tuve la sensación muy fuerte de sentir un bebé cruzando la habitación al tiempo que me sonreía y decía: “gracias mami”, partió por la ventana hacia más arriba y me señaló las tres macetas de violetas que originalmente serían para recibirla. Por la noche, Alaia señaló hacia la ventana y gritó: “¡mira un bebé!” Claro que como adultos tristes hasta los huesos, mi esposo y yo no pudimos ver nada. Desde ese día y durante varios días, aparecieron insectos pequeñísimos muy cerca de mí y se me acercaban mucho. Varias libélulas, moscas azules y abejas verde turquesa. Mariposas pequeñísimas me revoloteaban en la cara y decidí creer que de alguna forma se relacionaban con mi Iza, mi niña dedicada a Dios.

La lactancia continuó, las primeras semanas con mucha culpa y dolor emocional añadidos, muchas preguntas, mucha incertidumbre y miedo y sensación de muerte, pero también con mucho agradecimiento por mis hijas.

Ahora jugamos mucho a la familia con los lápices de colores, las muñecas, los peluches, las manos o lo que se deje y allí como en el cielo, somos una familia de cuatro. La depresión no existió para mí, la lactancia es un tema que no me agobia, confío en Dios que me mandará otros seres para amar y cuidar; ahora apoyo con más amor y compasión a las mujeres lactantes que me encuentro. Tendremos una partera en Baja California gracias a la historia de mi bebé. Nos repartimos el amor que era para ella entre nosotros en forma de mimos, besos y abrazos: es energía para futuros proyectos y cuando me llegue la hora, sé que la volveré a ver, a oler su cabello de recién nacida, sus pequeños ojos, su carita ovalada, su cabello oscuro y sus pestañas cortas. Tengo una bebé que amar esperándome en el cielo.

Con flores azules

Pequeña hijita Iza, es cierto que no te buscaba ni te esperaba. Sin embargo, fuiste bienvenida desde el primer segundo que supe que ya mi cuerpo no caminaba vacío. Desde allí comencé a imaginar la vida contigo. Te sentía en color azul claro y me daba paz sentir tu energía. Sin embargo, cuando fue tiempo de sentir tu Ser, no logré establecer contacto. Y me fui frustrando cada vez más, pues con cada intento surgía la sensación de un océano oscuro, frío y pasivo.  ¿Es el futuro? Me preguntaba; no había respuesta.

Una noche, soñé que una gran mano me explicaba con dibujos, que el día esperado se perdería algo: mi vida, mi útero o mi bebé. Traté de no pensarlo demasiado ni creerlo. Luego, cuando intenté comprar algo o preparar lo necesario para tu nacimiento, la sensación-voz de: “no lo hagas, no será necesario”, aparecía en mi mente y corazón. Un escalofrío me recorría de pies a cabeza. Negaba con todo el poder de mi centro y regresaba a las fantasías de la vida contigo. La vida con mi segunda hija; mi niña color azul cielo.

Pasaron las semanas, llegué a la cuarenta y dos ya sin tapón mucoso. El trabajo de parto fue extenso, los minutos parecían horas y las horas días. Me moví en un vaivén acompasado y luego frenético del azul calmo al eléctrico; montando las olas o siendo revolcada por ellas. Algunas veces logré sentir la profundidad del acto de estar en medio de los mundos, aunque fui engullida por la oscuridad una noche. Los versos bíblicos de consuelo y compañía divina ebullían de mi cabeza, me escalaban la espalda casi sin notarlo. Entonces, decidí abrirme en dos: darte salida, dejarte un legado de sanación femenina, acabar con la pelea entre mujeres,  darte el paso a la vida y lo único que vino fue: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo”. Me dio tristeza estar viviendo ese momento de esa forma tan sin luz.

En la madrugada, el amanecer me dijo: “Quiere que tengas vida y vida en abundancia”. Quise creer con todo mi corazón que esa vida eras tú, mi preciosa. Quería flores azules y tres toallas blancas, esa era la visión. Y conseguí flores lilas, violeta y moradas y sólo dos toallas. Seguí mis intuiciones, seguí soñando involuntariamente con la seguridad de tener leche, de parirte, de estar sana, pero ni un sueño fue contigo.

Te parí, Iza. Tal como te lo prometí durante una contracción-ola. Pude sentir tu cuerpo suave y resbaladizo pasar a través de mí con todo y el abrumador sonido del corte de rutina. Sentí el cordón que nos unía y luego todo fue neblina de gritos y palabras desconocidas por elección. Vi tu cordón lila pálido y sin tono, tu brazo inmóvil como el de una muñeca. Te sostuvieron cerca mío para conocerte. Me enamoré de tus pequeños labios lilas, tan perfectos. Eras tal como te vi durante un sueño lúcido. Igualita, mi amorcita. Tus ojos cerrados, tus pestañas cortas y negras, tu cabello oscuro y terminando en triángulo invertido. Tus mejillas saltadas y pequeñas, tu rostro ovalado. Tu color…un trabajo muy fino de un cuadro puntillista: rojo y azul velados con varias capas de blanco mate.

Te dije: “preciosa, mi preciosita” y me fui. Me desconecté porque no pude imaginar un dolor y una pesadilla peor. Le rogué a Dios, desde el fondo de mi útero cansado, desde las arterias y venas más profundas, desde el lugar sangrante de la inserción de la placenta, que jamás me pusiera en una situación más dolorosa. Se lo rogué con mi vida, la que me volvió a dar después de ti.

Durante varias horas, vi mi vida pasar en imágenes muy rápidas; recordé situaciones que ya no recordaba, me reí, volví a llorar. Todo mientras agarraba con fuerza la cama de operaciones, mientras la ginecóloga me cosía el corte, al tiempo que pensaba en no moverme, en que eso dolía más que todas las horas de trabajo de parto, pero que era nada a comparación de saber que no te llevaría a casa ese día ni ningún otro.

Pero Dios me dio claridad de mente, supe que tenía que honrar tu vida en la mía haciendo todo lo que deseaba de la vida, sin importarme ya los qué dirán o si con esto o lo otro lastimaría a mi familia. Simplemente era hora de vivir al fin. De dejar atrás la basura mental, la espiritual, en fin, toda. Surgir de las aguas hecha de mí misma. Me fue mostrada la forma en la que la gente se destruye durante un duelo donde se permite la negatividad y el sufrimiento, así que me resolví a permitir el dolor, más no al verdugo.  Decidí no culpar ni culparme, decidí perdonar, perdonarme, perdonarte. Decidí no enojarme con Dios, decidí tomar las cosas bellas que me enseñaste, mi preciosa. Los regalos que veniste a darnos. Me fue dicho cómo soy el templo en el que surgiste a la vida, donde tuviste tu primer latido cardiaco, tus primeras sensaciones, sonidos, sabores. Aquí por primera vez te moviste, abriste la boca y aquí también se detuvo tu corazón. Como tu templo había de cuidarme, para honrar tu vida y tu muerte también. Lloré toda la noche medio inconsciente, medio dormida o medio despierta en consciencia.  Me despertaba la luz cuando las enfermeras iban a checarme y seguía llorando hasta quedarme dormida.

Fue horribe llegar a casa sin ti. Fue espantoso vestirme con la emoción y la tristeza de verte de nuevo en tu funeral. Fue una pesadilla verte en esa cajita, tu carita ya un poco hinchada, toda pintarrajeada, con rubor rosa. Te brillaba la piel por el maquillaje. Eso me enojó, pero ya no había más. Así se acostumbra, ya estaba bueno de buscarle la forma a todo. El sacerdote que no tenía idea de lo que hablaba, balbuceó, dijo cosas absurdas que me enojaron también. Nuestros amigos estuvieron allí a nuestro lado, nos abrazaron, pagaron por todo. Es un lugar que me da gusto que no lo puedas ver, es demasiado kitsh para tu madre artista, quiero que sepas que si lo hubiera visto antes, no te habría dejado allí…aunque qué más te da, y qué me importa, es sólo tu cuerpo.  Tu papá lloró como jamás lo había visto, como jamás imaginé que fuera capaz; mi corazón se volvió a romper mil veces más. Echaron cemento encima de la tabla que pusieron por encima de tu caja. Fue espantoso pensar que ahora sí, jamás te volvería a ver.

Ayer, luego de casi dos meses muy extraños emocionalmente, miré un sobre con semillas de unas florecitas azules y me dije: “¡Estas son! Las flores que veía en mi imagen de parto ideal, ¡es justo el color! Ni azul mexicano, ni lila, violeta o morado… Entonces no eran hortensias, eran…y leí: “No me olvides”.

No Iza querida, olvidarte es imposible, eso jamás.

Ser madre en la posmodernidad

“Las mujeres creemos que estamos accediendo finalmente a nuestra tan ansiada libertad -después de siglos de sometimiento al varón- por el hecho de trabajar y ganar dinero y que ésta es una victoria del género femenino. Sin embargo, podemos acceder a puestos de poder político o económico, pero si las mujeres seguimos caminando por el surco ciego de la represión y las limitaciones del amor primario, si no reconocemos la dureza que paraliza nuestro cuerpo, si no estamos dispuestas a escuchar nuestros latidos uterinos, si no ofrecemos nuestros pechos y nuestros brazos para el cobijo de la cría; entonces continuaremos siendo artífices indispensables de la violencia en el mundo. Porque resulta que sin amor primario no hay libertad. Sólo hay miedo y compensaciones desesperadas. Las mujeres somos la bisagra entre el pasado de represión, oscurantismo y odio; y el futuro que deseamos de movilidad, libertad y búsquedas creativas. Somos las mujeres quienes tendremos que comprender la relación directa que hay entre el amor primario y la libertad. Entre la represión del amor y la violencia”.

Laura Gutman

Hacerse, parecer.

El arte de generar vida es algo que me ha llenado el corazón. Ningún proceso creativo ni ningún dibujo, escultura, pintura o idea de arte me habían emocionado tanto como sentir y ver a esta niña que nació de mí, de mis células, de mi sangre, de mis emociones, de mis alegrías y tristezas, de mi conocimiento y mi ignorancia. Encima de todo, no es sólo mía, sino también es creación de su padre, ¡cuánta información!  Bella, insondable, en proceso, en desarrollo, en evolución todo un universo femenino.

Dejaron de importarme las etiquetas, el qué dirán, el deber ser y parecer, el disimulo, muchas convenciones sociales, para inclinarme a darle el pecho a mi hija, como diría Clarissa Pnkola, dejando que la cola de loba se me asome por debajo de la falda. Me volví más animal, más salvaje, más natural, más humana… Y es la mejor transformación que he vivido. El mejor viaje de autodescubrimiento, de hallar mis propios límites, carencias, virtudes.

La maternidad tiene mala fama. ¡No es rosa!  No es blandura de pan, ni paciencia de esfinge. Es movimiento, es pulsión amorosa, es placer, es entrega un poco tonta y loca, es saber callar, saber dar, saber dejar de pensar, dejar de ambicionar, dejar de mandar para fluir. Dejarse llevar por el amor, las hormonas y la esencia materna. Es construir la autoimagen a partir de cualquier imagen que una tenga impresa en el alma y que funcione. Es tejer un collage para hacerse un nuevo vestido: el de madre.

Mujer sabia- madre -hija

   Mientras devoraba uno de los artículos para mi clase de doulas, me topé con una sensación reprimida desde hacía mucho tiempo. Conforme fueron avanzando mis ojos a lo largo de las líneas, se fueron llenando de lágrimas de rencor, de coraje e ira. De soledad y vacío materno.

Vivimos en una sociedad que ha perseguido lo femenino como si de su enemigo se tratara. Se castigan las emociones, el cuidado, el abrazo y las expresiones. La alimentación y el descanso, la concepción de ideas, el embarazo consciente, el parto normal, la lactancia salvaje, la espiritualidad, lo nutricio y otras cosas vitales. La tormenta que esto ha provocado, barre los instintos de las mujeres, acaba con el compañerismo e igualdad. Aniquila sentir desde el útero, restringe la sexualidad a algún tipo de acto sexual, a los pechos a lo erótico y a las madres a meras figuras a evitar.

Será acaso que hay un miedo consciente -o no-, al poder creativo y nutricio de una madre? Yo creo que sí. Fueron estas ideas y paradigmas los que me robaron a mi madre; a quien le hicieron creer que debía estar lejana para no “contaminarme” con su amor, con sus brazos o consejo. Que debía dejarme caer para aprender y ella seguir de espectadora. Eliminaron su poder maternal o al menos lo restingieron. Sé que no soy un caso aparte y a veces me parece ver en cualquier sitio una verdadera cacería de amor.

Ayer imaginé que tenía enfrente a mi madre, que le decía mis emociones, que por fin explotaba con todo lo que necesitaba expresar. Vino el enojo, la decepción, la tristeza, la sensación de abandono, de soledad, la ira y al final, la calma. En un instante la percibí como a otra mujer, con su propia historia de vida, con sus retos personales, sus carencias, sueños, ilusiones y anhelos. Y callé. Dejé mis peticiones infantiles para honrar su vida, su darme vida.

Regresé a la cama con mi hija y por primera vez en dos años, me sentí como su madre. Todo estaba en orden, mi madre, yo y mi hija. Ecléctico, intenso, vibrante, alegre, inesperado, sabor a crema de naranja con chispas de miel. Aroma a jazmín y claveles, Como un campo lleno de margaritas y cielo rojo-violeta. Gracias a Dios, por ellas, por lo que tengo que recibir de mi herencia materna, por lo que he de darle a mi niña, porque es mi turno de jugar el rol de la madre sana, la que procrea, la que guía. Que así sea en todas direcciones.

Colecho es despertar felices.

Comenzamos durmiendo cada quién en su lugar: la bebé en su cunita y mi esposo y yo en la cama ma-tri-mo-nial, como su nombre lo indica. No podía ser de otra forma porque así lo dictan… no sé, las buenas costumbres, la tele, alguien arriba de mi cabeza. Claro que como estaba cesareada, no podía levantarme rápido para amamantar muchas veces a mi nenita y mi esposo tenía que levantarse, pasármela, ayudarme a levantarme, llevarme al sillón que se encontraba como a 8 pasos de la cama y ayudarme a colocar los cojines. A veces me ayudaba a sostener a la bebé, pues la cicatriz me dolía con el peso de mi hija recién nacida, (ahí nomás que vean el show las que piensan que las cesáreas no duelen, es ese dolor del que deberían temer, del artificial que te incapacita como mujer, pero bueno, eso será tema de otro post).

Después de pocas noches de pasarla muy mal, decidimos dormir con la beba.

Y el riesgo de aplastarla? Es casi nulo porque mi instinto me protegía de quedarme profundamente dormida y desatenderla. Porque ninguno padecemos de obesidad mórbida, alcoholismo, drogadicción o alguna otra enfermedad o condición especial.

Y si se muere súbitamente por estar tan cómoda que se le olvide que ya nació?  No creo que se le olvide, y si así fuera, el que yo estuviera tan cerca de ella, me ayudaría a darme cuenta de cualquier anormalidad. Además, le da mayor bienestar estar cerca de mí, escuchando mi corazón, que solita y sintiéndose abandonada.

Y la vida marital? jeje… esta fue la manera más escandalosamente educada que encontré de escribirlo… pues existen más lugares en la casa, además de que se convierte en algo emocionante… se puede planear una cita, o escapar en la madrugada a otra recámara. Creatividad siempre será la clave.

Y si se acostumbra a dormir con nosotros y NUNCA aprende a dormir sola? Ay esos nuncas que nunca se cumplen…Pues como diría mi esposo, si a los 13 no duerme en su cama, me pagas su educación, si lo hace, te pago la de un hij@ tuy@.

Ya no se me ocurren más posibilidades macabras, seguro hay más. Estas fueron las que nos preguntamos nosotros y a las cuales les encontré respuesta en varioas artículos que encontré en internet, como http://www.dormirsinllorar.com/mjnoch0.htm  de la psicóloga infantil Rosa Jové.

El mensaje es claro, somos mamíferos, ellos duermen juntos por salud y bienestar,  por qué nosotros no?

Mi LM: lactancia materna

Confieso que me he convertido en una apasionada de la lactancia materna. A veces esto me resulta sorprendente. No tengo ejemplos muy vistosos emocionalmente de ello. Cuando estaba embarazada creía que los biberones eran imprescindibles para los bebés, que le daría tres meses de lactancia mixta a mi beba y luego, “para no batallar”, los biberones. Creía que la leche materna era lo mismo que la de fórmula, o quizá que ésta última era más higiénica por estar envasada. Me daba mareo y un poco de repulsión pensar en mis pezones agrandados, oscuros y calientes por las hormonas presentes durante el embarazo, dentro de una minúscula boca hambrienta. Me imaginaba que dolía o que era algo muy tierno. Conforme se fueron acumulando las semanas de embarazo, fui cambiando de opinión, me empezó a parecer hermoso y quizá disfrutable.

Sufrí la noche que no me llevaron a Alaia luego de la operación. Entendí a otras mamás blogueras que contaban su historia de parto. Entendí el: “la peor noche de mi vida”. Sin embargo, la primera vez que alimenté a mi bebita, fue y sigue siendo un recuerdo muy hermoso. De madrugada, cuando logré hablar y coincidió con una enfermera con corazón,  la luz  tenue del pasillo de la clínica entraba en la habitación. Alaia envuelta en una cobija color rosa. Su carita cuadrada y el ceño fruncido. Comprendí su dolor y enojo. Como pude, con el catéter aún en la mano, me desabroché la bata áspera y deslavada del hospital, saqué mi pecho y la acerqué. De inmediato abrió su pequeña boca… Succionó. Abría los ojitos y los volvía a entrecerrar. Floté. Las sensaciones de placer amoroso y una ternura que parecía  infinita, se expandían en todo mi cuerpo y corazón.  Dejé de percibir la venda apretada en el vientre, el piso frío, el ruido sordo de la televisión a lo lejos, el paso de las enfermeras y la respiración entrecortada de mi compañera de cuarto. Sólo existimos ella y yo, le pedí perdón por asustarla, por dejarla sola, por no parirla. Y diciéndole en voz baja “bendita seas”, “bienvenida”. “te amo”, “eres mi bebita”, continuamos un rato más fuera del espacio y tiempo.

El día siguiente fue muy estresante. Llena la habitación de mujeres-come-mujeres: queriendo que le diera pecho cuando ellas decían, asustándome con que quizá no salía buena para amamantar, que si se me iba la leche, que si salía mala mi leche qué haría, que le diera NAN 1, que si no se pegaba bien al pecho, me pusiera unos catéteres con un biberón de fórmula, que tomara mucho atole de arroz, que no me diera el aire, que si sí la había llenado la noche anterior… luego me llevaron a mi nenita, la acomodaron semisentada frente a mí pero lejos y le empinaron el vasito con fórmula. Ya lloraba de hambre. Escupió todo, lo vomitó. Yo sabía lo que ella quería pero se la llevaron rápido que porque mi leche no la llenaba en ese momento; “sólo” era calostro. Es impresionante e indignante cómo las mismas enfermeras estaban tan ignorantes y llenas de mentiras.

Ya en casa, las cosas no mejoraron mucho. Tuve grietas sangrantes que no cicatrizaban en sólo tres horas que ya pedía su siguiente toma. No quería comprar la leche de fórmula pues intuía que ya no iba a querer/poder darle de la mía después. Mi esposo fue mi escudo protector, mi apoyo, mi animador, mi consciencia. Hizo de todo para lograrlo. Leí más en internet sobre el tema, lo intentamos muchas veces, perdí el pudor; me convertí en la loba-perra-gata de mis dibujos y de las palabras de Laura Gutman cuando describe la maternidad salvaje. Anduve con los pechos al aire, amamantando a demanda, ajustándome a las necesidades; conociendo a mi cachorra humana. Tiré por la ventana el método de contar las horas. Jesús se dedicó a cuidarme durante la semana más hermosa de mi vida. Nunca me había sentido tan querida, tan especial. Me enseñó cómo se siente el amor sin trucos, condiciones, ni balance ganar-perder. A las dos semanas la lactancia estaba instalada, la beba sana y yo haciendo “Drip-art” por todo el piso.

Hoy llevamos 22 meses de lactancia materna, (desde los seis meses aprox con alimentos sólidos), habiendo usado sólo una vez un sacaleche manual, (ni a mi peor enemiga se lo recomendaría), sólo esa vez un biberón, sin chupones ni fórmula. He dejado de escribir estos párrafos para amamantarla. Disfruto mucho esos momentos de cercanía con mi niñita de casi dos años. Se sigue refugiando con “te-te” cuando se asusta o tiene sueño. No hay nada como verla dormir en mis brazos, sentir su peso en mis piernas, su respiración en mi pecho. Optamos por un “auto destete”, un proceso suave y a su tiempo. Y pensar que mi primera meta fueron tres meses! Que quería “complementar” con fórmula! Que no sabía si iba a poder! Que pensé en comprar biberones y fórmula! Estoy agradecida con Dios de no haber hecho nada de eso… Habría perdido la segunda oportunidad de apego con mi cachorra humana. Hoy no tendría paciencia, no querría estudiar para doula, no habría sanado las heridas emocionales de la cesárea, estaría repitiendo muchas historias y el amor no habría crecido un poco más dentro de mí.