Un año desde que nos despedimos, querida Iza.

Mi vida ha sido muy diferente, preciosa. Sólo tú sabes bien nuestra delicada y contradictoria historia; se trata de la relación entre tú y yo solamente. Por fin apenas logro comprenderlo y comenzar a vivir desde ese enfoque. Eres quien yo percibo que eres para los demás. Quien yo les platico. Y sabes? Ahora veo con claridad. Las lágrimas, la culpa, la verguenza, la ira, el miedo, la desesperación… Ya no me nublan la vista, al menos hoy no. Me sacudí los comentarios ajenos porque eran tantos, que no podía cargarlos. Porque pesaban y me deformaban el cuerpo; el alma.

Ahora, querida hijita, eres mi público imaginario y mi esperanza de vivir hasta el último aliento, sabiendo que del otro lado mi vida comenzará de nuevo.

Una noche del 2012 tuve un sueño. En un susurro, un Ser me dijo que llegaría a mi vida Zabdiel. Creí que se trataba de un hijo, estuve contenta e ilusionada. Pasaron dos, tres meses y nada. Pasaron seis y me encontré con el “positivo” en el blanco y negro de la hoja de laboratorio que me dio tanta alegría. Mi vida de nuevo comenzaba a transformarse de forma rotunda. Otra vez me subiría en la rueda de la vida para co-crear. Fue entonces cuando la rueda dio la vuelta completa, que mi corazón se detuvo por un segundo extra, un mareo… el anuncio del médico: una niña. Me sobrepuse y fui feliz, lo sabes. Continuó tu crecimiento, los raros y diminutos accidentes de vida, los mensajes de tocar el borde del vestido, de tres elementos de los cuales sólo uno se iría… Un cambio de casa, otro, otro. Una caja más, una casa menos, un viaje más, un médico menos, uno más, mil posibilidades y ninguna viable.

Ese día, el más oscuro de mi vida, caminé en terreno de muerte. Un ser de luz me acompañó siempre, de mi lado derecho, a mi espalda, me susurraba: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, pues Tú estarás conmigo”, una y otra vez… hasta que luego de varias horas de sensaciones dentro del torbellino, bajé a esa tierra inerte, vacía más que cualquier desierto y al mismo tiempo sobrepoblada de seres cercenados, deformes por sus actos, algunos sin cabello, otros sin piernas, todos en fiesta no parecían notarme ni darse cuenta de su propio estado.
Uno de ellos, se me acercó, se reía de mí o conmigo, cantaba: “Iza María ¡se fue! Dejando el sol en la playa…qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer si Iza María se fue”. Todos cantaban y brindaban, bailaban y coreaban. En un punto me unía, luego preguntaba dónde estabas, si alguien te había visto, pero nadie me quería ayudar.
Comencé a cantar eso en una especie de trance. De pronto desperté y noté que aún no estabas cerca. No te sentía cerca pero sabía que estaba más avanzada en el proceso. Me reí al tiempo que me decía: “Cuando nazca y sea grande, le contaré esto, le va a dar risa. Nunca le pondría María.”

Cuando saliste de mí, te bendije, bendije tu estancia en mi cuerpo, tu paso a esta otra vida, tu cuerpo, tu Ser. Te di el último gran beso, sentí la tirantez del cordón, vi tu mano sin fuerza, el cordón blanco y flácido… comprendí pero no entendí. Todo se detuvo o quise que lo hiciera. Mi espíritu daba alaridos de dolor e ira. Estaba quieta, muy estirada, los ojos cerrados, ninguna expresión en mi rostro. Pero por dentro, había explotado en mil pedazos que lentamente se expandían en el Universo. Gritaba y rugía con toda mi energía vital. Estuve así muchos millones de años espirituales, hasta que un ángel llegó por detrás mío, a mi izquierda. Se arrodilló y comenzó a susurrar algo que sólo mi espíritu lograba comprender. Hablaba muy rápida y armoniosamente, era una música imperceptible, una vibración que calmaba mi cuerpo, mi mente, mi alma. Me regresó a esta experiencia, me reconstruyó. Entonces, hizo pasar mi vida delante de mis ojos; vi las situaciones más amargas, las de soledad sin poder apartar la vista. Las veces que injustamente creí lo peor de mí misma, todas las acciones bondadosas y hermosas que he realizado y que ya había olvidado. Me vi siendo formada desde ser un pequeño embrión; sentí la eterna gratitud y aprecio hacia quienes estaban permitiendo mi existencia. Vi mi trabajo de debajo del río, vi sus frutos. Me alegré profundamente. Supe que la vida no es sólo la experiencia tangible desde acá, donde te escribo. Supe que regresarías de otras maneras, sin tiempo y en muchas formas o en ninguna. Sentí el ser polvo, sentí la unidad con el todo, la profunda gratitud de haber sido creada, de existir como en un rompecabezas infinito. Viví en el viento, en los seres vivos, corrí inocente como cualquier animal. Nadé como pez, formé parte de las rocas… me convertí en mí misma con las piernas muy abiertas en una sala de hospital, una mujer cosiendo mi carne y diez personas preguntándome muchos datos abstractos. Quería responder “¡cubo amarillo sobre línea de horizonte negra y atmósfera brumosa en blanco y azul claro!”. Pero respondía: Treinta y tres, sí, no, diez, una, sí tres y medio, sí, todas, no, no sabía, sí…

Esa noche pasó a veces rápida y otras lenta. El reloj iba y venía sin rumbo, como mis pensamientos. Cuando oía el llanto de los bebés recién nacidos, lloraba hasta dejar de oír. No sé si dormía o qué. Veía unos hermosos patrones geométricos en la pared, se movían lento, bailaban unos rombos amarillos y blancos, giraban. Me quedaba dormida mirándolos. La cuna transparente con mi maleta negra adentro era una majadería dicha en voz alta por una marchanta inmensa y sucia desde el otro lado de un mercado muy concurrido. Me avergonzaba públicamente en la pequeña pieza blanca y solitaria. Se materializaba en la forma de una doctora muy elegante, subida en unos tacones altísimos que se me acercaba haciendo mucho ruido y con cubrebocas y guante, me hacía sentir la más ruin y sucia de las mujeres sin hijo. Levantaba mi bata para mirar la sangre. Otras veces se convertía en una enfermera de voz cálida o de voz áspera, o en una persona que sólo quería saber quién me había pegado. Yo sólo atinaba a llorar. Era demasiada su falta de tacto y su imbecilidad enorme como para no saber que nadie me pegaba, que jamás dejaría que nadie lo hiciera. Y la impotencia de mirarme desde sus palabras, desde su mirada y saber que creían que se trataba de “otra pobre mujercita”, de ésas que son tan ignorantes de sí mismas, de su cuerpo, de su vida y tan limitaditas intelectualmente, que… no pueden…

Y luego mirarte, mi hermosa. O mirar tu cascarón vacío, me dio asco; repugnancia que ya no estuvieras. Quería llevarte a la montaña y dejar tu cuerpo allí, que formaras parte de lo último que viviste conmigo. O ponerte en la composta y que regresaras al ciclo de vida, a ser parte de una flor, de unos jitomates… Las reglas de esta sociedad que tanto me desespera, fueron grandísimas, infranqueables.

Un día de ésos que necesitaba dormir mucho, te vi con unas alas, con todo y que no creo que te hayas convertido en ángel… Volaste, me regalaste esas tres violetas que lejos de ser un regalo para siempre, me siguen demostrando cómo no estaba en mis manos tu vida, cómo es de escurridiza e impredecible. Gracias mi bella, eres un hermoso ser de luz, gracias por darme tu vida para que yo sanara en tantas áreas. Gracias pequeña Iza por querer que estuviéramos contentos, gracias por ser tan valiente y cumplir tu misión. Gracias por haber estado en mí. Gracias por confrontarme a tantas situaciones, gracias por ayudarme a superar los demás duelos. Gracias por ayudarme a decidir, gracias porque a un año, estamos más contentos, apreciamos más, amamos más, jugamos menos con la vida y más en ella. Creemos más firmemente en Dios y en su amor y protección, nos creemos menos especiales, damos de corazón, gracias; nos transformaste.

Nos veremos mi pequeña. Por lo pronto, veo tu luz en la esencia de cada expresión viviente que ahora para mí, brilla como el sol.

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2 pensamientos en “Un año desde que nos despedimos, querida Iza.

  1. Te sigo desde las flores azules… me hiciste compañía en una situación similar… esperaba que no volviera a pasar… pero me pasó de vuelta. gracias por estar.

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